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Editorial & Opinion

Nosotros los columnistas

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

martes 9, enero 2018 - 12:00 am

Pensé ya no volver a escribir.

Gocé esos meses que, para concluir mi tesis, dejé de escribir. Relajado, sin la angustia del tema a tratar, de darle forma, atractiva, entretenida, pero seria y lo más profunda posible. Ese estrés semanal al cual se le sumaba la presión de las tareas diarias, pero empezó a hacerme falta.

Volví al estrés, pero sobre todo a sentir esa angustia existencial consistente en que lo que uno dice llega a oídos sordos. Y es que nuestro grito es el de un mudo, y aunque gesticulemos, exprimamos nuestra mente, esforcemos nuestra memoria, rebusquemos en las noticias, armemos con no poca dificultad, párrafo tras párrafo, nuestras ideas, no somos audibles.

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¿Por qué seguir escribiendo, entonces? ¿Desde cuándo acá se cambia el mundo desde las páginas de los columnistas de un diario?

A los políticos, nuestros políticos tercermundistas, una vez en el trono, no les importa conducir el país por los senderos del desarrollo, mejorar la situación de las clases menos desfavorecidas, planear con cerebro la prevención y combate a la delincuencia, fortalecer la producción e incentivar las exportaciones, abrir nuevos mercados, etc. No, para nada, van apagando fuegos, nada más, solo eso. ¿Por qué? Esta es otra respuesta: porque pasan en pleitecitos bayuncos de poder, a ver quién dice la frase más ocurrente, quién se lanza con el insulto más punzante y ponzoñoso, a quién entrevistan más en la tele o la radio, o su foto sale más en la prensa impresa; o quien viaja más.


Ahora está la agravante de que pasan más tiempo tuitiando o “feisbuqueando”. ¡Horror! No tienen tiempo para gobernar.

¿Para qué nos desgastamos opinando si ellos solo piensan en salvar su pellejo haciendo caso al verdadero poder, o sea, a la argolla del partido, o a los que les pagaron las campañas y propaganda?

Somos liliputienses gritando hacia unas sequoias gigantes que nos sepultan bajo sus raíces; gulivers que nos aplastan bajo sus suelas desgastadas de tanto pisotear hasta a sus propios votantes, ya no se diga a nosotros.

¿Por qué seguir haciéndolo? ¿Por qué? ¿Para qué?

¿Ha habido un tan solo articulista, columnista, colaborador que sea tomado por anteriores y actuales generaciones como la luz de sabiduría, entereza, valentía en un mundo oscuro, un país en medio de tinieblas, una nación que no se cansa de caminar a trompicones? Yo no lo sé.

Cítenme a uno tan solo que sea tomado como la antorcha que ha iluminado precisos cambios en el que hacer de los políticos, con reformas legislativas, creación de instituciones efectivas, que haya incidido en un cambio radical en la economía del país.

No se me viene ningún nombre a la mente. Hemos sido, seguimos siendo, un bonito coro de afónicos. Un mariachi sin instrumentos ni voz cantándole a doncellas sordas, y además altaneras y soberbias.

Y me insisto, ¿por qué seguimos entonces haciéndolo? ¿Por qué nos preocupamos de estar bien informados, de ir hilvanando ideas, para transformarlas en argumentos y sacar conclusiones? Ese estrés, a menos que se esté jubilado o sin trabajo, es tremendo.

Yo no sé ustedes, pero yo lo sigo haciendo porque siento la necesidad de expresar mi punto de vista, de hacerles llegar a los que estén atentos, tengan tiempo, y ganas de ser cajas de resonancia de mis ideas, de mis observaciones y críticas, lo que me parece que anda mal, que es urgente modificarlo so pena de irnos directo al despeñadero.

No quiero ser al que señalen como el que se quedó callado, el que no dijo nunca nada, y aunque no tenga la sangre revolucionaria de quienes sí hacen los cambios; ni el tiempo, ni la paciencia para involucrarme en política partidaria −esa política que te descerebra y te clona a imagen y semejanza de los que mandan−. A pesar de todo eso, no me veo callando mi voz.

Por eso seguiré escribiendo sobre lo que me apasiona: administración de justicia, combate a la delincuencia, guerra contra la corrupción, seguridad ciudadana. Y también burlarme un poco de los políticos trasnochados y de los haraganes.




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