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Editorial & Opinion

Las pandillas: primer problema a resolver

Dr. Mauricio E. Colorado / Abogado

lunes 28, mayo 2018 - 12:00 am

La sociedad salvadoreña se encuentra colapsada. El poder del Estado está siendo sustituido por el poder de las pandillas, controladas a su vez por el poder que genera el tráfico y comercialización de la droga. El azote de la droga era un fenómeno desconocido en los tiempos pasados. El fenómeno nació y creció en la segunda mitad del siglo XX, cuando el vicio se introdujo, gradualmente, en las sociedades desarrolladas -como Estados Unidos- a donde se transportaba como destino final, por ser el gran mercado. Sin embargo, en forma gradual los países por los cuales debía pasar desde su origen hasta su destino final, fueron inundados con el consumo del producto por sus habitantes.

Actualmente, el negocio de la droga se ha desarrollado a niveles inesperados desarrollando, simultáneamente, otros crímenes como las asociaciones que se dedican al crimen con la filosofía perversa de “si no haces lo que ordenamos, mueres”. Semejante forma de desarrollo social ha llegado a límites insospechados, en los cuales el terror y la guerra por controlar territorios ha tomado enormes zonas del territorio nacional bajo ese perverso control.

La extorsión, que no hace mucho era desconocida, en el área se ha multiplicado en forma alarmante. No es aislado el hecho de que las pandillas exijan un pago a cambio de dejar vivir a personas o dejar funcionar empresas, que deben pagar, o salir del mercado.  Este fenómeno ha trascendido a otros países de América y de Europa, donde la migración de salvadoreños ha llevado consigo, la modalidad de paga o muere al grado de que el mismísimo presidente de los  Estados Unidos ha tomado cartas en el asunto, con toda clase de medidas para controlar ese pernicioso mal.

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El tratamiento que las autoridades han concedido al fenómeno ha fracasado, porque las noticias del día a día nos informan que expresidiarios recién salidos de los penales, regresan a cometer todo tipo de delitos, o son abatidos  por otros tipos que permanecen en esa forma de vida, donde no se trabaja para ganarse el sostén. Uno de los elementos más graves de esta descontrolada situación es el hecho que el sujeto ha perdido el miedo a la muerte, puesto que sabe y acepta que su vida depende de un delgado hilo, que depende en gran medida de la suerte. Se ha demostrado entonces que el sistema tradicional de sancionar con cárcel y rehabilitar al infractor no funciona, porque agentes policiales, jueces y demás autoridades han sido permeabilizados por el temor de perder la vida, o la de algún ser querido, en el afán de doblegar su voluntad.

Se ha llegado el momento en que los investigadores sociales propongan un sistema en el cual se garantice la vida de la población y se encuentre una solución definitiva al problema de la criminalidad. La sociedad debe buscar y encontrar una solución –y pronto- antes de que el pueblo tome la justicia en sus propias manos, que corre el riesgo de desatar una feroz lucha por sobrevivir y crear otra crisis más difícil de resolver. Uno de los problemas que este fenómeno ha originado es que el poder político, lejos de combatir frontalmente al crimen, en algunos casos ha decidido aliarse con el.


De esa forma, se ha desarrollado el fenómeno de la corrupción, que invade todos los campos de la actividad humana, sin respeto para menores, mujeres o religiosos. El problema de la delincuencia organizada ha crecido a niveles tales que se pone en duda la capacidad del Estado para resolver el asunto utilizando, únicamente, medidas ordinarias. Y cuando alguien propone medidas extraordinarias están prontos a oponerse los organismos de los derechos humanos, que han hecho una forma fácil de vida; la defensa de los derechos humanos, asi sea en el sentido que el delincuente no respete los mismos derechos a sus víctimas. Con seguridad podemos afirmar que si el Estado no controla el poder del crimen, será este quien controle al poder del Estado, si acaso no lo ha logrado ya.




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