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OPINIONLa interpretación constitucional es el problema más actual, importante y complejo de la vida político-jurídica. Así lo demuestran el aplauso y la crítica, el apoyo y la oposición que producen en el seno de la sociedad y la Asamblea Legislativa, las sentencias últimas de la Sala de lo Constitucional.

Al llegar a esta conclusión se impone preguntarnos: ¿Cómo interpretar la Constitución? ¿Cómo impedir que el papel otorgado a los jueces no traicione la Constitución, sino que por el contrario, contribuya, cada día más, a la protección y defensa de los principios y valores que proclama nuestro Estado de derecho?

Reconocemos que el nivel de dificultad para responder es alto. La discusión es de larga data y continuará mientras existan tribunales garantes de la supremacía constitucional.

El debate se agudiza entre quienes ven a la Constitución como un todo acabado, y que basta aplicar la letra de sus preceptos  para encontrar la solución a los casos concretos; y los intérpretes, quienes ven en la Constitución un documento vivo, abierto al cambio y a la interpretación, con capacidad, incluso, de mutar la ley por la vía de la jurisprudencia.

Éstos actúan sobre una norma que consagra una ideología política, que puede o no ser democrática. Constitución, democracia, Estado de Derecho, libertad, igualdad, justicia, etc., no se pueden interpretar si no es de acuerdo con la convicción social y política del intérprete y, en el peor de los casos, según la falta de resistencia a las presiones que reciban.

Las últimas sentencias de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia no son ajenas a ese riesgo; la subjetividad está presente como espada de Damocles sobre el sistema de justicia constitucional que no debería estar sujeta a los vaivenes de la política so pena de perder su normatividad.

Vemos que en el tiempo, la Sala cambia el criterio de una Sala anterior, pero sin justificar el por qué. El Derecho que tiene para ello está condicionado a determinados parámetros insoslayables, pues está en juego la seguridad. Las sentencias no se deben leer como verdades absolutas, sino como acuerdos jurídicos temporales, solo modificables por motivos muy poderosos. Esto obliga a los estudiosos del derecho, al gremio de abogados, a la Asamblea Legislativa, a los medios de comunicación, a ser extremadamente críticos de la función de la Sala de lo Constitucional.

Las sentencias de la Sala de lo Constitucional no son productos químicamente puros, por la simple razón que los jueces constitucionales no son ángeles, seres celestiales, inmunes a las debilidades propias de la naturaleza humana o a las influencias del medio en el que viven.

La doctrina sostiene que “la justicia constitucional” siendo política por su materia, es estrictamente jurídica, por sus métodos y por sus criterios. Por ello, debemos vigilar las resoluciones de los jueces constitucionales, con el fin de constituirnos en elementos de contención. Tenemos que estar vigilantes para criticar y denunciar cualquier abuso de sus poderes que hagan los jueces constitucionales.

Después de 33 años de operar un sistema de justicia constitucional, nuestro ordenamiento jurídico y, en general, nuestro Estado de Derecho se ha nutrido y modernizado al lado de las grandes tendencias de pensamiento que desde el plano jurídico y político predominan en donde existen democracias constitucionales. Pero nuestra atención constante debe evitar que la Sala de lo Constitucional caiga en el peligroso juego del poder político, abandonando la sagrada misión de ser el garante de la supremacía constitucional y, de manera muy particular, de los derechos fundamentales de los salvadoreños.

En el Estado Democrático Constitucional de Derecho, la Constitución es el máximo garante de la institucionalidad y del “gobierno de las leyes”. Mal presagio es que a través de doctrinas de interpretación heterodoxas, revestidas de modernidad, termine convirtiéndose en un coyuntural “gobierno de los hombres” y pueda afectar el inciso 1º. del art 1 de la Constitución, que dice: “El Salvador reconoce a la persona humana como el origen y el fin de la actividad del Estado, está organizado para la consecución de la justicia, de la seguridad jurídica y del bien común”.



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