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lunes 19, junio 2017 | 1:38 pm

Cada religión ha inventado su propia escalera para subir al cielo, es el mismo viejo principio religioso que viene desde los que hicieron la torre de Babel.

Para llegar allá, le piden al feligrés que cumpla las reglas de la religión, que sea bueno y que haga buenas obras, aquí saltan unas preguntas, que tan buena debe ser la persona y de que dimensión deben ser las buenas obras ? cual es la base de evaluación ?

Durante la edad media la religión católica de Roma fue más allá, y se sacó de la manga de la sotana, “el purgatorio”, un lugar de tormento para que el feligrés pueda ir allí a quemar el saldo de buenas obras que en vida le hizo falta, inventaron entonces vender las “indulgencias”, para que dependiendo del dinero que pagara la gente le acortaban el tiempo en el purgatorio.

Pero cuando salen de allí en caso que fueron al purgatorio ? Nadie lo sabe, ya que los papas mismos si no se fueron al infierno puede que han estado siglos purificándose en el purgatorio.

La religión aprovecha la ignorancia de la gente, y su característica es que está basada en esfuerzos humanos. Cristianismo es –todo lo contrario– se basa en lo que Dios ha hecho por el humano.

En el politeísta Imperio de Roma, el cristianismo fue perseguido, pero después el César Constantito quien ostentaba el título de Sumo Pontífice como administrador de las religiones y de los asuntos de los dioses de Roma, lo tomó, lo adulteró con judaísmo y paganismo greco-romano, y fundó la religión católica en 325 DC mediante el Concilio de Nicea, en un esfuerzo por unificar el corrupto imperio que ya amenazaba con colapsar por las luchas de independencia de sus provincias, el cual colapsó en 476 DC.

Desde que nacemos traemos una naturaleza carnal, que es una fuerza invisible adquirida por los primeros humanos, heredada a todos, y que nos induce a pecar, pero el religioso para enmascarar su condición de pecador y aparentar una moral, hace esto y lo otro, va de aquí para allá y de allá para acá.

Así, carga los viernes santos, pone un nacimiento en Diciembre, cuelga un cuadro de la virgen de su devoción, va a la misa, a la romería, los adinerados a Tierra Santa y al Vaticano, creyendo que así suben peldaños en la escalera por arriba de hasta donde ha podido llegar el compadre.

La religión mantiene al feligrés alejado de Dios y aferrado a la religión, usa subterfugios como los santos y vírgenes Marías, los cuales, aun en el supuesto caso que quisieran, no pueden jamás ser mediadores y oír oraciones de nadie, pues no son omnipresentes como solo Dios lo es.

Otros subterfugios son, el Papa, los sacerdotes, los sacramentos, las misas, las procesiones con la idolatría de imágenes como la famosa bajada de Agosto y todas las otras, todo disfrazado bajo palabras como “fervor y fe del pueblo” pero al mismo tiempo ignoran el significado de la palabra fe.

Es notorio que al morir alguien, además de rezos, le dedican misas, las cuales las hay para todos los gustos y posibilidades económicas, así, las hay cantadas, concelebradas, de cuerpo presente, y hoy, hasta misas “solemnes”.

Algunas gentes hasta escogen al cura y la parroquia donde se venera tal o cual santo, por que como decía un mí tío: Es que los santos son como los médicos y los abogados, hay unos mejores “quiotros”.

Juan 4:5-42 muestra a una mujer que habla de que los samaritanos adoran en ese lugar pero que los judíos lo hacen en Jerusalén, ella estaba inmersa en religiosidad y adorando en ese lugar creía cumplir lo que consideraba correcto. Jesús le aclara que no es Samaria ni Jerusalén, sino que se debe adorar a Dios en espíritu y en verdad, renunciando a una vida controlada por el ego y naciendo a una nueva vida controlada por Jesucristo.

Se desea honestamente un cambio de vida, de arrepentimiento de pecados, y de poner la confianza en Jesucristo, ya que solo él –ninguna religión– puede perdonar pecados y restaurarnos a una vida en amistad con Dios.

Por: Salvador Donato