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Editorial & Opinion

Mambrú

Benjamín Cuéllar / Colaborador

Jueves 28, Abril 2016 - 12:00 am

Comités de vecinos armados por el Gobierno; manos durísimas; nuevos delitos y sanciones más severas, hasta la pena capital; grupos de exterminio y estados de sitio… ¿Qué más? Un “súper batallón” lanzado a la guerra. Esas son algunas acciones oficiales propuestas, ejecutadas o no, para enfrentar la criminalidad y responder a los reclamos de una población descorazonada, sí, pero sobre todo encachimbada. La gente ya no aguanta. Sus quejas, por más de dos décadas, han caído en el saco roto de la incapacidad estatal para frenar la violencia allá abajo. ¿Por qué? En buena medida, por mantener la impunidad allá arriba.

Pese a que ANDA no les provee del “vital líquido”, quienes habitan El Salvador ensangrentado y desconsolado sobreviven con “el agua hasta el cuello”. Por la brutalidad de los asesinatos, las desapariciones forzadas y otros delitos –como las extorsiones– no son pocas las personas que afirman estar dispuestas a inmolar sus derechos humanos.

Eso es altamente peligroso.¿Por qué? Hay que comenzar por uno fundamental: la seguridad personal y colectiva, pisoteado por las maras y otras formas de crimen organizado. La visión tradicional de que solo los agentes estatales son responsables en esta materia, está superada. Los grupos de poder económico, político o de otro tipo, pueden influir negativa o positivamente en el goce de los derechos humanos.  Y eso ocurre desde hace rato en el país. Hay ques señalar, entonces, a esos grupos delincuenciales como autores de graves violaciones a la dignidad de las personas y las comunidades. Atentan contra su vida, su integridad física y, obviamente, su seguridad. Pero también su accionar criminal afecta los derechos a la educación y la salud, al trabajo y la libre circulación, a la vida privada y a tener una familia, a la vivienda y a no tener que abandonarla para salvarse.

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Pero las “medicinas” de todos los gobiernos de la posguerra han resultado peores que la “enfermedad”. Antes nunca se pusieron de acuerdo, estuviera quien estuviera en uno u otro lado; si terminaban haciéndolo de mala gana y rezongando, era porque allá desde el norte continental metían mano para mecerles la cuna. Hoy están en “sintonía” ARENA y el FMLN. Parecen el “dúo dinámico” sonando bien afinado. “Aniquilar sin piedad”, es el título de la partitura; la música fúnebre, acompañada por tambores de guerra.

Pero si van a concertar algo… ¡que sea bueno! En los actuales relevos desnaturalizados de la indignación que antes movía la acción social organizada, las enredadas discusiones en redes sociales, dirán: “Bueno, entonces, ¿qué quieren?”. Seguro agregarán que eso merece quien mata sin piedad: su aniquilamiento. Bueno y entonces, ¿por qué protegen coroneles y comandantes que ordenaron masacres, secuestros, detenciones ilegales y torturas, desapariciones forzadas y familias que aún buscan a sus seres queridos?


Ambos, los criminales de antes y los criminales de ahora, merecen castigo. Pero –citando a Hubert Lanssiers–  “no podemos defender la vida matando. Y si tenemos que combatir caníbales, eso no nos otorga el derecho a comer carne humana”. Es lo que puede pasar en lo que está por venir. Para cazar cien delincuentes desplegaron soldados y policías armados hasta los dientes; más de los primeros que de los segundos, como parte de lo que llaman una “cruzada” nacional.

Al centenar de “cabecillas” de las maras les avisaron que van a cogerlos. “Soldado avisado –dicen– no muere en guerra y si muere es por… descuidado”. Lamentablemente no irrumpirán en el “buen vivir” de los verdaderos “patrones del mal”, pues son intocables. A los que van “con todo” y “sin piedad” los buscarán, es de suponerse, en comunidades del país que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad.

En lo urbano lo harán en medio de la estrechez de sus pasajes y el hacinamiento en que le toca vivir a su población, entre la que abundan niñas y niños, jóvenes y adolescentes, personas adultas mayores… Todas, potenciales víctimas del “fuego cruzado”, del “tirito que a cualquiera se le va”, del “yo no fui” o “fue un error”…  ¿Hay un buen trabajo previo de inteligencia que sustente ese despliegue o van a perseguirlos con una mala foto en mano? ¿Saben a quién capturar y saben, sobre todo los militares, cómo capturarlos haciendo uso menor o mayor –según sea el caso– de la violencia legítima estatal? ¿Será que el país hoy sí ya entró en un “callejón sin salida”, en un “viaje sin retorno”? ¿Habrá, finalmente, que volver a cantar “Mambrú se fue a la guerra. Qué dolor, qué dolor, qué pena. No sé cuándo vendrá?”




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