Editorial & Opinion

México y su espejo

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador jjmonsant@gmail.com

sábado 2, junio 2018 - 12:00 am

A solicitud de un buen amigo, el pastor luterano Germán Novelli, quien hoy pastorea su grey en Milwaukee, accedí a escribir unas líneas sobre el proceso electoral mexicano para un semanario que dirige en su comunidad de creyentes, y de no creyentes, pero que aspira llevarlos al redil de la fe. Traté de darle vueltas al asunto, porque “eso es muy complicado, para una cuartilla, Germán”.

¿Por dónde comenzar?, me dije; y Carlos Fuentes me ayudó, uno de los intelectuales más sólidos que ha tenido América. ¿Qué pensaría, escribiría, sobre su México actual, o dejaría pasar unos 15 años para hacerlo? Quizá ahora junto a “Carmelo que está en el cielo”, desde donde se asomaba para ver torear a Silverio Pérez, según poetizó Agustín Lara, Fuentes, compartiría con él una bota Tres Zetas, debidamente llena de un amontillado de Jerez de la Frontera, para observar otro espectáculo, no tan hermoso como aquél mano a mano celebrado un 16 de febrero de 1946 entre Silverio y Manolete en la Monumental de la Ciudad Capital, pero espectáculo al fin.

De modo que acudí al grande Carlos Fuentes, igual hubiera podido ser Octavio Paz, pero Fuentes es más telúrico, siendo como fue universal, como lo demostró en “Gringo Viejo”, “Cambio de Piel”, “Terra Nostra” y en su magnífico “El Espejo enterrado” donde intentó descifrar lo que en su percepción significaba la “cultura latinoamericana”. Lo común en ella, de cada una de las expresiones territoriales y etnias forjadas desde el descubrimiento y conquista de América. Por supuesto particularizó el caso mexicano, rico en contradicciones, culturas, gastronomía, propuestas, climas, expresiones sociales, políticas y hasta musicales que, aparte del arpa veracruzana, incorporó el acordeón, la trompeta y el violín a lo más representativo de su folklore, el mariachi, que no es mexicano sino francés (mariage), hasta tuvo dos emperadores europeos, coronados y ejecutados.

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En definitiva América es una tensión cultural y hasta una ficción, incluyendo a México por supuesto, donde se perciben y se dan las mayores contradicciones; hicieron la primera revolución social y democrática del continente. Se alzaron contra el continuismo de Porfirio Díaz; valga decir contra la reelección que hoy campea en todas las propuestas latinoamericanas, sustituyéndose la dictadura militar por la civil constitucional. Proceso iniciado por el difunto dictador venezolano Hugo Chávez, (aunque hubo antecedentes como el de Hugo Banzer en Bolivia y Perón en Argentina) o quizá el más antiguo lo fuere el mexicano Partido Revolucionario Institucional (PRI) fundado por Plutarco Elías Calles. Como presidente (1924-1929) institucionalizó la revolución, le dio sentido, inició la modernización del estado, se preocupó por la educación, la protección social y profesionalizó las fuerzas armadas. Sin embargo, durante su mandato pretendió imponer la educación socialista, y se fraguó la llamada guerra de los cristeros, que sembró la intolerancia y dejó más de 200.000 muertos.

Décadas después, nos encontramos ante un proceso electoral caracterizado por la incertidumbre. Cuatro nombres aspiran a ser elegidos presidente el próximo 1 de julio. Tres de ellos surgieron del PRI: Jose A. Meade, Jaime Rodríguez y Andrés López Obrador. Uno, Ricardo Anaya del Pan, quien provocó la división del primer partido mexicano que logró ganarle una elección al PRI luego de 70 años de hegemonía absoluta. En realidad, solo López Obrador, el popular alcalde del Distrito Capital (2000-2005), y antiguo admirador de Hugo Chávez, pareciere tener posibilidad. No por un programa claro y confiable, sino por descarte; lo cual, a su vez, es una contradicción. En todo caso el electorado está aburrido de lo mismo, del desaire, la corrupción, el crimen, la impunidad y lo políticamente correcto; lo diferente pareciere ser el enigmático y Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Por México y el continente, si fuere este el caso, ¡que el Señor le ilumine!, para no caer en la macabra tentación de repetir la desolación y muerte de Nicaragua y Venezuela.





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