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Editorial & Opinion

¡No lo puedo creer!

miércoles 30, marzo 2016 - 12:00 am

Las portadas de todos los diarios nacionales traían la misma y espantosa noticia: dos niños habrían asesinado a un empleado del transporte en Mejicanos. Leí y releí tan horripilante titular sin dar crédito inmediato a lo escrito, dada la gravedad que ese hecho encierra para el futuro mismo del país entero e incluso, que afecta gravemente la unidad familiar, al quedar en evidencia que el crimen organizado o el pandillerismo terrorista, ahora buscan adeptos entre lo más preciado de la humanidad: los niños, a los que el Redentor del mundo llamó los “herederos del reino de los cielos”.

Ya en la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamó que la infancia del mundo entero tiene derecho al cuidado y asistencia especiales. Desde esa Declaración, que también es ley salvadoreña, los diversos gobiernos  se han convencido de que “la familia, como grupo fundamental de la sociedad y medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros, en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de la comunidad”. Este párrafo nos está señalando un gran deber ineludible no solamente del Estado, como tal, sino de toda la sociedad: enfocar nuestra atención, interés y asistencia a la familia, “como medio natural para el crecimiento y el bienestar de todos sus miembros, en particular de los niños”. Porque, cuando son niños de corta edad, que ni siquiera son adolescentes, según los datos, quienes cometieron un daño irreparable al bien jurídico superior de la vida humana, indica que hay una grave descomposición moral a nivel de los hogares nacionales y eso es un punto digno de ser considerado con toda la fuerza que ello impone, si queremos rescatar a nuestra niñez, ahora vulnerable e indefensa para resistirse a las malévolas intenciones de los criminales, mismos que nos tienen en estas duras condiciones de inseguridad.

Precisamente, en la Convención sobre los Derechos del Niño, que es otra ley salvadoreña, se reconoce que el niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad “debe crecer en el seno de la familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión” y además “educado en un espíritu de paz, dignidad, tolerancia, libertad, igualdad y solidaridad” que, recordando a don Lorenzo Luzuriaga, eminente psicopedagogo cubano, deben constituir las verdaderas y sólidas directrices del sistema nacional educativo y no solamente regalar instrumentos musicales y computadoras, con fines electoreros. Además, aunque nos duela, cómo hacer realidad el primer apartado de la antes dicha Convención, cuando el mismo actuar terrorista de las bandas criminales han desorganizado profundamente la estructura familiar y en donde lo que menos pueden encontrar nuestros niños es “un ambiente de felicidad, amor y comprensión”, cuando se tienen desarraigos forzosos, escuelas cerradas, maestros que se alejan por amenazas, sin obviar que en muchas familias, los progenitores ni siquiera ganan el salario mínimo por encontrarse en un permanente desempleo y sin oportunidades de comerciar alguna mercadería por el peligro mismo que circunda su entorno socioambiental.

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La niñez, recalca el texto de la Convención, “por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidados especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento” que, de paso, es un llamado de alerta para detener a aquellas personas e instituciones herodianas que buscan la destrucción del futuro ser humano en el vientre materno, en contravención a lo establecido internacionalmente y en la Constitución de la República.

Este hecho doloroso, en lugar de hacernos clamar por más dureza legal, que incluso pidan que se juzguen esos niños como “adultos”, debe hacernos reflexionar. Y muy pronto y profundamente. Es un caso gravísimo, una seria advertencia de cómo camina El Salvador y hacia dónde podría dirigirse. Ojalá este llamamiento sacuda conciencias aún dormidas en todos los estratos de la vida nacional…porque esos hechos ¡no los puedo creer!





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