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Editorial & Opinion

Para dónde vamos… con tanta demagogia

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

sábado 25, febrero 2017 - 12:00 am

Muchos salvadoreños que acceden al sa-lario mínimo se alegraron, cuando el Gobierno central por medio del Ministerio de Trabajo, luego de un par de maniobras irregulares lograron un aumento a la remuneración que recibe la clase trabajadora. Es evidente que la medida, aunque irregular es justa, dado que revindica el esfuerzo del obrero que convierte la materia prima en un producto final. No obstante, el aumento al salario mínimo no responde al sentimiento auténtico de solidaridad del FMLN, sino al interés partidario con miras a las elecciones 2018.

Es claro que los mercados se mueven por la oferta y la demanda, que están conectados directamente al costo de producción, es decir, que el impacto económico que se produce por el alza de los precios de los productos es negativo para la población más necesitada, cuando las medidas que se toman son populistas y electoreras, ya que a la base tiene demagogia y no un interés verdadero de querer ayudar a los sectores más vulnerables. Verbigracia países como Holanda o Suecia, no son grandes por su riqueza o sus recursos naturales, sino que su grandeza radica en la capacidad que han tenido los gobernantes de administrar honradamente esos recursos y distribuirlos de forma equitativa.

Un ejemplo de ello es el Primer ministro de Holanda, Mark Rutte, que en una ocasión llegó en bicicleta a una reunión con el presidente de los Estados Unidos Barack Obama. Este encuentro se realizó en el marco de la Cumbre de Seguridad Nuclear en La Haya en el año 2014. Del mismo modo, los diputados de Suecia, a diferencia de los diputados en El Salvador, viven en plena austeridad, alejados de los lujos y privilegios, se acomodan en pequeños departamentos que comparten la cocina y la lavandería. Además de que no cuentan con secretaria particular, asesores, guardaespaldas, chofer o vehículo oficial.

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Como dijo en una ocasión el alcalde de San Salvador, el dinero alcanza cuando no se roba, lo único que le faltó aclarar, es que también es ilegal e indecente que se utilice el cargo público y la posición de poder en beneficio de las empresas familiares para obtener contratos millonarios en publicidad, donde el salario que puede percibir en razón del cargo no tiene ningún sentido cobrarlo. En consecuencia, las palabras se las lleva el viento, pero son las acciones concretas las que están juzgando en la actualidad a los malos funcionarios públicos. Como aquel expresidente que dijo a los malacates se les acabó la fiesta.

Bien dicho porque hoy está sentado en el banquillo de los acusados ese expresidente y el séquito de prestanombres a los que se les imputa presuntamente el desfalco de más de $246 millones del erario público, ¡por Dios! si esto es cierto, cuántas obras se dejaron de hacer por la ambición desmedida de acumular riquezas mal habidas; bien lo explicó el Apóstol Pablo al joven Timoteo en el capítulo 6;10. “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. Entonces, el dinero en sí no es malo, y menos cuando se ha ganado de forma legítima, lo que es malo es el amor al dinero.


Por lo tanto, si los gobernantes salvadoreños tuvieran un poco de conciencia y entendieran que la función pública es para servir y para poner a disposición de los más necesitados los talentos que Dios les ha permitido tener, quizá tuviéramos una sociedad más decente, y no tendríamos que andar rogando a la empresa privada que aumente el salario mínimo, ni tampoco se estaría fiscalizando tanto a los funcionarios públicos de cómo gastan los recursos, porque se daría por sentado que no lo están despilfarrando.

Sin embargo, la realidad es otra, se tiene que obligar a la empresa privada a subir el salario mínimo, ante la incapacidad del Gobierno de administrar los recursos de forma transparente, que permita un alza considerable al presupuesto de educación, ya que ello garantizará a futuros ciudadanos educados con mano de obra calificada que, en lugar de acceder a un salario mínimo pírrico, tengan una oportunidad mayor de acceder a mejores niveles salariales. La educación es cara, pero es más cara la ignorancia.




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