Editorial & Opinion

Política sin moral no prosperará

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 1, agosto 2018 - 12:00 am

Tomás Moro quien fue declarado patrono de los políticos y gobernantes por Juan Pablo II, dijo: “El hombre no puede ser separado de Dios ni la política de la moral” y bien vale traerla a cuenta del análisis que muchos estamos haciendo de la realidad política nacional, al vernos sorprendidos por la manera en la que se han venido conformando las ofertas electorales para la elección presidencial.  En los tópicos más importantes de esta reflexión está primero el hecho que Dios existe y crea en él o no, es un hecho que existe, llámele ser superior, fuerza del universo, energía pura, lo que quiera pero existe y quienes le conocemos por “Yo Soy” sabemos que Él es y nada puede separarnos de su relación con nuestra creación y nuestra existencia, aunque es posible que nosotros nos alejemos de Él para seguir nuestras propias ideas y convicciones dentro del libre albedrío que nos ha regalado para medir nuestra dependencia y confianza, pero nada, nada puede separarnos de esa relación y bajo ese inseparable nexo tampoco la política puede separarse de la moral ya que es el límite que viene de la relación de Dios,  la moral determina la excelencia de la política.

La moral reside en el conocimiento de saber hacer el bien, de desechar lo malo, de establecer qué es lo que no conviene y qué es lo que conviene; en ese sentido Dios nos dice que “por falta de conocimiento padece su pueblo” y también nos recuerda que es obligación de nosotros saber “diferenciar la cizaña del trigo” que “todo nos es permitido pero no todo nos conviene” y así mucho de su enseñanza es precisamente sobre conocer los límites y esos límites son la moral, que tienen su máximo referente en los mandamientos que por elementales y sencillos pero apegados a la absoluta esencia de nuestra naturaleza son la esencia de la ley, de los códigos y de los comportamientos aceptables y no aceptables entre las personas.

Separar la política de la moral, ensancharle los límites más allá de lo que por natura ya Dios los establece es un juego a perder, porque nadie ha podido ganar la batalla dejando a un lado la moral, no es posible realizar una buena política sin los límites morales. Los grandes imperios y reinados y organizaciones se han venido abajo en la medida en la que suprimieron o determinaron cambios a su moral y trataron de burlar ese nexo imposible de romper entre Dios y el hombre, entre la política y la moral.

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El relativismo como corriente de pensamiento post moderno trata de romper ese nexo cuestionando la moral, relativizándola a simples normas que pueden cambiar si cambio el aprendizaje o si modificamos la educación; entonces, la moral actual dejará de existir y se establecerá una nueva moral, una que al final sucumbe frente a lo inevitable: las leyes naturales, que son evidentemente más fuertes que nosotros porque también vienen de Dios; entonces, el hombre colapsa porque su moral, aunque la considere nueva, necesita límites y sus límites serán siempre los que Dios estableció porque “el resultado del pecado es muerte” e inevitablemente moriremos primero espiritualmente y luego naturalmente y lo haremos en profunda depresión, miseria y calamidad. Si la política la entendemos como el arte de administrar las diferencias, comprenderemos que implica tratar con los demás, con sus necesidades, con sus visiones de la realidad y con convicciones diferentes, a las que debemos escuchar y evaluar pero no necesariamente someternos, esa es la moral, la que ayuda a tener una frontera, donde se rechaza la negociación maligna, la que mata los principios y los valores, que se constituyen en la moral; la política por ello no puede separarse de la moral, porque necesita límites y cuando esos límites dejan de existir entonces la política dejó de ser administradora de diferencias y se convierte en hacedora de corrupción, porque donde no hay moral hay relativismo y por ende corrupción, corrupción que afectará a todos porque los políticos y sus acciones nos afectan a todos. Cuando un político dice SI y luego NO ha perdido evidentemente la moral; cuando vende un concepto que incluye “nunca” haré o “nunca” iré y al final lo hace, está construyendo su moral fuera de la relación con Dios que nos exige no mentir, y pueda que se justifique a sí mismo en su actuar, pero eso no lo salvará de haber sobrepasado la frontera y caer en la mentira y por tanto ser señalado como mentiroso. La política y la moral no pueden separarse y quien pretenda hacerlo no prosperará, su caída será inminente porque no se puede hacer política a cualquier costo y bajo cualquier concepto, la política es para servir, para facilitar, para darle vida a otros, facilitarle la vida a otros y administrar el dinero de otros para otros; la política por tanto necesita moral, necesita límites y muy claros y éstos seguirán siendo los básicos: amar a Dios, no usar el nombre de Dios en vano, no mentir, no robar, no matar, no codiciar, no calumniar, no idolatrar, respetar padre y madre, santificar las fiestas, ser fieles, con esto se crea la moral que la política necesita, puesto que “no solo de pan vive el hombre”; así no solo de proyectos e ideas, de ofertas y beneficios, de promesas altruistas o ganancias financieras, también necesitamos esa moral, para hacer las cosas correctamente y generar y sembrar en las nuevas generaciones, los principios y fundamentos de la nación que no son ideológicos sino morales. Los candidatos que logren comprender que la moral debe ser restablecida comenzando por ellos, podrían comenzar a generar lo que realmente sería nuevo, pues por hoy nuestra política está separada de Dios y separada de la moral, por tanto no prospera ni prosperará.




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