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Editorial & Opinion

Realidades políticas

Aldo Álvarez / Abogado y catedrático

jueves 28, junio 2018 - 12:00 am

Siendo analista político y crítico de la realidad nacional, he sido siempre implacable en mis señalamientos contra la desviación política de la llamada “partidocracia”, en el sentido de esa malsana costumbre de intentar cooptar la institucionalidad del país para sus propios intereses. Lo fui y lo sigo siendo, principalmente por mis convicciones democráticas y mi visión del Estado de Derecho, de eso no cabe ninguna duda.

Manteniendo siempre mis posturas sobre la “partidocracia” y sus perniciosos efectos sobre el sistema democrático del país, debo reconocerle algo al actual sistema de partidos en el país -que muchos califican como bipartidismo, pero desde la teoría política constituye más bien un multipartidismo polar-, y eso es que ha impedido la supra fragmentación de las expresiones partidarias, el aparecimiento y desaparecimiento de “tiendas” partidarias de conveniencia exclusiva para períodos electorales, en fin, de que el sistema de partidos no tenga una continuidad en el tiempo y que se convirtiera en una especie de “festín” partidario adonde surgieran y murieran partidos “de la noche a la mañana”, en forma exprés –como ha ocurrido tristemente en Guatemala por ejemplo- prácticamente de la nada, con financiamiento oscuro la mayoría de las veces y bajo los auspicios de intereses espurios que poco o nada tienen que ver con el interés de las mayorías. Con todo y mi crítica mordaz a la “partidocracia”, lo antes señalado se lo tengo que conceder e incluso hasta agradecer a ese sistema, que aunque torcido, es lo más cercano y representativo a un sistema más o menos coherente de partidos.

Aún con lo señalado, lo anterior no me impide señalar y criticar contundentemente y en forma directa, el papel “torcido” de la “partidocracia polar”, puesto que si bien es cierto ha impedido la súper fragmentación partidaria en el país, también se ha convertido en un lastre para realizar los grandes cambios en el sistema político del país que democratizarían en mucho la participación y la postulación política, que llevara nueva y renovada generación de relevo a la clase política nacional y con ello, la lógica y natural nueva conformación de pensamiento político ¿Pero sobre qué y para qué?

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Ocurre que si bien la “partidocracia” es un lastre para las grandes reformas políticas en el país, su demolición no es tarea fácil en un contexto adonde el propio sistema político funciona para beneficio de sus intereses, pues el hecho que los representantes legislativos para el caso tengan poca representatividad a la hora de ser electos, implica que la “partidocracia” se beneficia de gran forma de la baja concurrencia a las urnas, pues quienes sí concurren y en forma disciplinada a ejercer el sufragio, es el llamado “voto duro” y es en buena medida éste quien les otorga los curules en forma mayoritaria a los representantes legislativos –tal y como ocurrió el pasado 04 de marzo). En consecuencia, una mudanza en esta mecánica de votación es contraproducente a los intereses de los grandes partidos, por lo que su modificación no es de “conveniencia” para ellos, por lo que la reforma política que de alguna forma vuelva más incluyente la participación de más electores en forma masiva o que de alguna manera permita una mayor participación pluripartidaria real –más allá de la mera posibilidad de postulación de partidos políticos-, se vuelve para sus intereses simplemente inaceptable, intolerable e imposible de aceptar, aunque ello implique un estancamiento y hasta un retroceso en la evolución democrática de nuestro sistema político.

En este contexto, surgen diversas “propuestas” sobre el sistema político nacional y sobre el funcionamiento de la llamada “partidocracia”, cosa buena pareciera de inicio, pero con poca inteligencia política frente a la realidad partidaria nacional. El sistema político y electoral en este país es una especie de cerrojo inviolable por aquellos que no se hayan convertido en una especie de “máquina electoral”, pues el mismo está basado en la desconfianza mutua entre partidos y en la “defensa férrea” del voto, a tal punto que nuestro sistema electoral es tan atrasado en este respecto que válidamente se puede “perder en las mesas de escrutinio lo que se pudo haber ganado en las urnas de votación”. Duro aceptar esta realidad, pero así funciona para nuestro pesar.


Surgen voces y propuestas que consideran que este cerrojo se puede romper desde la “base social” y de ahí hacia el desmantelamiento de la “partidocracia” en el país, lo cual no es cosa sencilla, pues es el sistema político que se montó en la post-guerra. Y porque además lo que está planteado es el fin de ese sistema que lleva más de 25 años se funcionamiento.




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