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Editorial & Opinion

“Tentado por el diablo”, castigado por la justicia

Jaime Ulises Marinero / Periodista

miércoles 25, julio 2018 - 12:00 am

Cuando el hombre, de 47 años de edad, hizo uso de la última palabra, se dirigió al juez y aceptó ser el culpable de haber violado a su hija de 16 años, a quien embarazó, producto de lo cual nació un bebé que según los resultados del examen de ADN corroboran que Miguel N. es el padre y abuelo biológico.

Miguel N. era un pastor evangélico que ante el juez justificó que había violado a su hija porque “el diablo lo había tentado”. Al parecer lo estuvo tentando 14 meses, porque durante ese tiempo en reiteradas ocasiones violó a su hija cada vez que se quedaban solos en la vivienda donde residía toda la familia. El tipo amenazaba a su hija con hacerle daño a su madre si se atrevía a contarle a alguien lo que ocurría. Todo quedó al descubierto cuando la joven resultó embarazada y le contó a su madre quien era el infame violador.

El juez, en nombre de la República de El Salvador, lo condenó a 26 años de cárcel con ocho meses de prisión. Para muchos es una pena carcelaria muy suave, por lo vil y repudiable del delito cometido. Sin embargo, el juez solo aplicó la ley, porque esa es la pena máxima que contempla la legislación salvadoreña por el delito de violación agravada en menor e incapaz en la modalidad continuada. Muchos hubiesen deseado que existiera la pena de muerte o la cadena perpetua acompañada de trabajo forzado, como en los viejos tiempos o como en otros países.

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Así como este pastor hay muchas personas que atribuyen sus delitos al alcohol y a las drogas, incluso a la demencia temporal. Uno de los supuestos feminicidas capturados este año aseguró que no recordaba nada, pues cuando ocurrieron los hechos él estaba bajo los efectos de las drogas. Otro, un agente de la PNC que mató a su hijo de 14 años, atribuyó el hecho a que estaba alcoholizado y actuó cegado por la ebriedad. En fin, los homicidas, violadores y todo tipo de delincuentes, siempre encuentran una justificación para sus delitos. Desde quienes aseguran que “el diablo los tentó” hasta quienes quieren aparentar que están locos o que al menos no comprenden la realidad porque estaban bajo el control de las drogas o el alcohol. Hay quienes, con un cinismo práctico, aseguran que no consideraron delito lo que hicieron, especialmente en los casos de corrupción (robaron porque en arca abierta hasta el justo peca).

En ninguna parte de la ley penal salvadoreña es atenuante para castigar un delito el hecho que el criminal o delincuente haya cometido el hecho bajo el efecto de estupefacientes o porque en un momento dado “hayan sido tentados por el diablo”.


Nada justifica un crimen, ni siquiera la pobreza o la necesidad extrema. Los abuelos y nuestros padres nos decían que era mejor pedir que robar y nos recordaban que de “valientes” están llenos los cementerios, las cárceles y los hospitales. Las personas tenemos la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Sabemos cuando nuestras acciones afectan o benefician a otros. Sabemos que todo delito, sea éste sencillo o complejo, tiene un castigo social y legal.

Hay acciones que son inmorales pero no ilegales. La infidelidad, por ejemplo, es un acto inmoral y sancionado por la sociedad mediatizada, pero no es ilegal y por lo tanto no es sancionable bajo el amparo de las leyes. No obstante, la infidelidad es un hecho que el ser humano sabe distinguir si es factible o no de cometerse, porque afecta a otros. Ningún infiel puede alegar que lo hizo en un estado de demencia, bajo el efecto de estupefacientes o bebidas alcohólicas, mucho menos que lo hizo “porque el diablo lo tentó”. Lo hace por placer, por convicción o por cualquier otra circunstancia, pero en plenitud de su conciencia.

Seguramente en los penales hay muchos reos que no tuvieron más alternativas que aceptar sus delitos, pero se los atribuyeron al diablo o a sus vicios. Desde luego, el único culpable del delito que se comete es quien lo cometió y no vale ninguna justificación. Nada justifica un homicidio o una violación ni ningún crimen.

El pastor Miguel N. no tuvo más alternativa que aceptar su crimen y culpar al diablo, pues de todos modos las pruebas ya estaban en su contra. Ante cualquier tentación del mal, Dios es la respuesta.




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