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Editorial & Opinion

Trabajo y pensiones con dignidad

Lourdes Molina Escalante / Economista sénior Icefi @lb_esc

jueves 4, mayo 2017 - 12:00 am

El pasado 1 de mayo se celebró el Día internacional de las personas trabajadoras, en conmemoración del inicio de la huelga de sindicalistas estadounidenses que en 1886 exigía una jornada laboral de ocho horas. Una esperaría que después de 131 años, nuestras sociedades fueran plenamente conscientes del rol protagónico de la clase trabajadora dentro de la vida en sociedad; sin embargo y a pesar de las reivindicaciones logradas, aún persisten luchas por ganar, una de ellas es el derecho a un trabajo digno, que también implica una pensión digna.

En El Salvador, el trabajo es reconocido en la Constitución de la República como un derecho fundamental de las personas, que goza de la protección del Estado. El cual debe emplear todos los recursos de los que disponga «para proporcionar ocupación al trabajador […] y para asegurar a él y a su familia las condiciones económicas de una existencia digna». Aun así siete de cada 100 personas no gozan de este derecho y se encuentran desempleadas. Esta cifra se duplica entre los jóvenes de 16 a 24 años.

Pero además, el tener un trabajo no garantiza una existencia digna. Para 2015, si bien el salario mensual promedio en El Salvador (USD300.13) permite cubrir el costo de la Canasta Básica Alimentaria (CBA), apenas alcanza para comprar el 78.4 % de la CBA ampliada; es decir, el salario promedio de una persona trabajadora salvadoreña no es suficiente para garantizar un nivel mínimo de bienestar para su familia. Esta situación es aún más crítica en el caso particular de las mujeres, quienes registran un salario promedio mensual de apenas USD272.04, USD49.96 menos que el reportado por la población masculina; lo que representa una brecha salarial del 15.5 %.

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Pero lo más dramático es que solo cuatro de cada 10 personas ocupadas están respaldadas con un contrato laboral en el que se establezcan sus responsabilidades y derecho. Por eso no es de extrañar que solo el 35 % de quienes están trabajando están afiliados a un sistema de seguridad social público o privado; es decir dos de cada tres personas no pueden ni siquiera pensar en retirarse a determinada edad porque no tendrán acceso a una pensión.

Definitivamente nuestro país necesita urgentemente reivindicar la importancia social del trabajo como pilar de la dignidad personal y como fuente de estabilidad y desarrollo de las familias. Porque ¿qué dignidad hay en un trabajo con un salario que apenas alcanza para medio comer y medio vivir, que no da certidumbre de los derechos laborales y que mucho menos asegura un retiro digno?


Lograr esta reivindicación requerirá mucho esfuerzo, demandará un Estado fuerte y promotor de derechos, cuyos funcionarios públicos pasen de compartir selfies en las marchas y mensajes conmemorativos en redes sociales, a la propuesta y respaldo de políticas públicas de transformación productiva, y no de privilegios fiscales. Hacen falta políticas que promuevan el crecimiento económico sostenible que permitan la creación de empleos, con salarios, condiciones de trabajo y seguridad social digna.

En este momento pareciera que existe la posibilidad de llevar a cabo una reforma previsional, algo que permitiría corregir los errores de la privatización del sistema de pensiones que, por decirlo de manera amable, fue un fraude a la clase trabajadora para asegurar las ganancias de unos pocos. Esta posible reforma previsional es una oportunidad para empezar a construir un sistema previsional universal y progresivo, que le garantice a todas las personas un retiro digno. Pero para ello será necesario que las fuerzas políticas abandonen su visión miope de creer que el único problema de las pensiones estriba en el ámbito fiscal o en quién se roba menos las pensiones, si el gobierno o las AFP.

Solo así podremos honrar lo que nuestra propia Constitución reconoce: el derecho al trabajo digno. Urge entonces, que la reforma previsional se conciba para garantizar el bienestar de las personas trabajadoras y no para quedar bien con el mercado o para cuadrar, por unos meses, las cuentas fiscales.




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