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Tres anuncios por un crimen o el insoportable peso de la dualidad moral

Rolando Medina López

sábado 24, febrero 2018 - 12:00 am

Escondido a los pies de bellas montañas; esas a las que los pinares arrullan cada noche y el viento acaricia al ritmo del paso del tiempo, se encuentra Ebbing. Idílico. Melancólico. Ficticio. Un pueblo sureño donde Mildred Hayes (Frances McDormand), frustrada por el crimen de su hija, compra espacio en tres vallas publicitarias a fin de presionar para que el jefe de policía local, Bill Willoughby (Woody Harrelson), retome las estancadas investigaciones del caso y pueda la justicia, por fin llevarle paz a su alma llena de ira. Así la trama de “Tres anuncios por un crimen”. Pero nada idílico hay en los mensajes en grandes letras negras sobre fondo rojo sangre, colocados en cada una de las vallas: “VIOLADA MIENTRAS MORÍA”, “¿Y TODAVÍA NO HAY ARRESTOS?”, y “¿CÓMO ES POSIBLE, JEFE WILLOUGHBY?”.

Seamos sinceros. Descrita así, la historia es material -¡trampa ideal!- para entregar un dramón de rápida digestión y sufrimiento corta venas. De esos que fácil complacen a la audiencia. Uno que se olvida en pocos meses. Por suerte el británico Martin McDonagh (director, productor y libretista) toma un rumbo diferente; menos transitado para este tipo de historias, como la vieja carretera donde se encuentran las vallas: El de un drama en tono de comedia negra. Una película de estudio de personajes.

Sobran películas sobre pueblos idílicos que bajo su superficie esconden secretos oscuros y torturadas almas. Recordemos de David Lynch, “Blue Velvet” y “Twin Peaks”. McDonagh, reconocido por “En Brujas” de 2008 y “Six Shooter (cortometraje que ganó el Oscar en 2004)”, se suma para explorarlos a profundidad y desmenuzar temas como la sed de justicia; la ira y su espiral de violencia. La sed de venganza. Lo complejos que somos los seres humanos hasta en los grupos sociales más pequeños. Como un perdido pueblo o una fragmentada familia. Toma para ello, cual arcilla, a un gran elenco.

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Frances McDormand es una gran actriz. Su Marge Gunderson –por la que ganó hace veintidós años el Oscar a Mejor Actriz- es uno de los personajes femeninos más icónicos en la historia del cine. Imposible crear un segundo personaje con tal fuerza. Parecía. Pero demostró lo contrario. Su Mildred Hayes será tan emblemática como lo son Hannibal Lecter, la enfermera Mildred Ratched, Annie Wilkes o Norman Bates. Gesticulando poco, hoy presenta un abanico de emociones, a fuerza de presencia y luz interior que sale con furia, compasión, tribulación y arrepentimiento, por las ventanas del alma, sus ojos. Un personaje complejo. Profundo en su humanidad.

Ella es el eje central del film. Pero todo el elenco que la rodea es igual de espectacular. No en balde el SAG Award que en conjunto recibieron. Justo. Merecido. Harrelson ofrece el mejor de sus papeles. Es la conciencia obligada. La voz de la razón. Sam Rockwell recibe la oportunidad de su vida para demostrar que es uno de los mejores actores de nuestros tiempos. El arco de su personaje es increíble. Por no recorrerlo en el sentido típico que Hollywood acostumbra, le redime. A fuerza de golpes y fuego y le deja, no en el punto de llegada,  sino de inflexión. Para que de manera orgánica decida ser lo que puede llegar a ser.


“Tres anuncios por un crimen” no es moralizadora. Mucho menos es condescendiente al dar una resolución satisfactoria en el sentido tradicional del cine de masas. Tampoco pone a la audiencia en una postura cómoda. La planta en el centro de una dualidad moral.

Al final salimos satisfechos, no porque  seamos testigos de la resolución del asesinato. Sino por una razón más elevada: La de haber conocido a profundidad, hasta en los mínimos detalles, a cada miembro de esta comunidad… qué leen; qué beben. El material del que está hecho su espíritu. De dónde nace su racismo y prejuicios. Su violencia. Su benevolencia y compasión. No pinta mundos blancos y negros. Nos deja en ese incómodo mundo gris de la dualidad moral. Es un pecado que Martin McDonagh no haya competido al Oscar como Mejor Director. Su puesta en escena, cada encuadre, es impecable. Simbólico. Poderoso visualmente. El final, abierto. Para que nosotros lo decidamos. Sea seguir escalando la espiral de violencia. O dar la vuelta y escoger un nuevo destino. Poético. Simplemente poético.




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