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Editorial & Opinion

Trump. Una presidencia fracasada

Roberto Meza / Colaborador

Viernes 15, Septiembre 2017 - 12:00 am

El influyente diario The New York Times, califica de fracasada la presidencia de Donald Trump, sobre todo, por su decisión de alentar las tensiones raciales en el caso de los supremacistas blancos en Charlottesville. Lo llaman “el príncipe de la discordia, divorciado de la decencia y del sentido común”. Además, ponen en duda sus conocimientos de las obligaciones del cargo y su aptitud para ocuparlo. Nunca antes ningún periódico de categoría había calificado con tales términos a un presidente en funciones, llamándole de “incompetencia pura” tan solo a siete meses del inicio de su mandato.

Por otra parte critica severamente su política de deportación cruel, señalando que sus peores planes han fracasado: como el querer destruir la ley de salud y sus edictos migratorios impugnados en las Cortes. Y dice algo mucho más grave el poderoso diario, a saber, que son tres generales los que apoyan los “peores instintos” del presidente por hallarse ellos en la cúspide de la política estratégica dejando a un lado la experiencia y la diplomacia tradicional. En suma, se trata de un grave juicio moral en contra de Trump.

Así mismo, destaca el racismo de Trump que hace patente, sin lugar a duda, abundantes y hondas corrientes de opinión pública a las que hay que oponerse en todos los foros habidos y por haber, es la defensa teórica y activa de los derechos humanos históricos. Trump se ha declarado a su vez, y no solo en Charlottesville, defensor y partícipe de la supremacía blanca conocida como “suprema-cismo blanco”, ideología que sostiene que la raza blanca es superior a las demás, con el destino de ejercer su dominio social y político.

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Lo que nos recuerda, en síntesis, dos cosas, la Guerra de Secesión o Guerra Civil y el “destino manifiesto”, siendo que en el fondo aquélla fue una guerra entre el esclavismo agrario del sur y el anti-esclavismo industrial del norte, representado por Abraham Lincoln. La verdad es que se enfrentaban una tesis de libertad y otra de servidumbre, con su carga de remembranza feudal y nadie puede ignorar al respecto que la doctrina del Destino Manifiesto es fruto del esclavismo y de la supuesta supremacía blanca.

En rigor es lo mismo y se define “Por la Autoridad Divina o de Dios” como la creencia que los Estados Unidos de América -formado por una raza blanca superior- es una nación destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico, idea que es usada por sus partidarios, en especial y hasta la fecha puritanos y protestantes, para justificar otras adquisiciones territoriales (entiéndase colonialismo o imperialismo).

En consecuencia Trump, “supremacista blanco” con el pelo pintado de rubio, es la encarnación nefasta de esas corrientes. ¿Qué nos corresponde hacer a nosotros, sus vecinos en la frontera sur, la puerta de Latinoamérica?

Para mí que tenemos la obligación y la responsabilidad de enfrentar a Trump con la defensa teórica y activa de los derechos humanos, con la mayor energía posible, jurídica, política, diplomática y con la convicción y el valor que amparamos y protegemos un patrimonio moral y espiritual que corresponde a toda la humanidad; patrimonio de siglos heredado desde los albores conscientes del hombre y perfeccionado a través de los momentos más luminosos de su tránsito por esta maravillosa tierra.

No podemos y tampoco debemos permitir que su doctrina retrógrada se difunda en el mundo del que somos parte. Aquí no caben las concesiones ni tampoco la discreción, que es una cautela mal entendida con ribetes de miedo. Aquí la prudencia diplomática es perder. La política no debe olvidar su tradición cultural, ni sus compromisos históricos.



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