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Editorial & Opinion

Un estado menos aburrido y más innovador

Jaime Mauricio Campos Pérez / Director ejecutivo del OMR Twitter: @jaimecamppos

lunes 16, abril 2018 - 12:00 am

Del 15 al 21 de abril se celebra la Semana Mundial de la Creatividad y la Innovación. Su inicio coincide con la fecha del natalicio de Leonardo da Vinci y su cierre, con el “Día Mundial de la Creatividad y la Innovación”, que así fue designado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2,017.

En un mundo caracterizado por el surgimiento de nuevos modelos de negocios basados en plataformas digitales y de economía compartida, la innovación ha dejado obsoletos mecanismos anteriores y abre paso a la tecnología disruptiva. “Uber” es quizá el ejemplo más conocido; sin embargo, en varios países a los prestadores de este servicio de transporte se les acusa de competencia desleal, se les amenaza con multas y hasta se han desatado persecuciones en las calles.

Ante el cambio en las dinámicas sociales y económicas debe “replantearse” el rol que juega el estado y, en concreto, preguntarse si debe regular o no la innovación, sabido el desbalance o disparidad en la velocidad con la cual evolucionan la tecnología y la legislación.

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Ciertamente, en su papel de regulador, el estado no es neutral frente a la innovación, pues así como puede inducirla también puede dificultarla. Si bien las regulaciones buscan proteger el interés público, como la seguridad de los consumidores, también pueden constituir una barrera de entrada a nuevos competidores al mercado, generando altos costos de cumplimiento que perjudiquen la competitividad de las empresas y la calidad de vida de los ciudadanos.

Para que el estado ofrezca una respuesta eficiente, la política de mejora regulatoria propone mecanismos de consulta y de evaluaciones de impacto para medir, con base en la evidencia, los efectos que una nueva normativa pueda tener sobre la innovación. Se trata de “pensar antes de regular”, si es que –en efecto- la regulación es la mejor alternativa.


Bajo esta nueva forma de pensar las regulaciones, la participación ciudadana y la opinión de los posibles sectores afectados son importantes para que el estado se nutra con la información necesaria, antes de decidirse por regular o desregular.

Aunque el impacto de la regulación sobre la innovación es variable y dependerá del caso concreto, el estado debe comenzar por “desaprender” y dejar de actuar por “inercia”, “porque las cosas se han hecho siempre así”, ante los nuevos desafíos que plantea la economía digital.

No solo se requiere de procesos regulatorios más transparentes y abiertos, y tomar decisiones normativas con base en la evidencia, sino de un cambio en la forma cómo el estado se ve a sí mismo.

Ante la innovación, los reguladores pueden iniciar por abandonar la idea de estado “aburrido” que únicamente actúa para corregir posibles fallas de mercado, o regula con base al “temor” o por “precaución”, y no ayuda a crear nuevas oportunidades para sus ciudadanos.

Sin dejar de lado la protección a los consumidores, el estado puede realizar medidas no regulatorias como proveer mayor información a sus ciudadanos para que estos puedan tomar sus propias decisiones. Así podría tratarse el caso de “Uber” y otros más.




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