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Editorial & Opinion

¿Un fantasma nos acecha?

Roberto Meza / Colaborador

sábado 26, mayo 2018 - 12:00 am

¿Qué nos queda de todo aquello? Así rezaba una célebre canción, que encendía los corazones románticos de ese tiempo. Aquellos jóvenes del 68, justamente hace 50 años ocuparon la Universidad de París y lanzaron un mensaje revolucionario. Las asambleas reclamaban “la imaginación al poder” bajo los retratos de Mao, Lenin y el Che. Se creyeron heraldos de un nuevo tiempo e hicieron tambalear al General De Gaulle. Lo tuvieron contra las cuerdas, desde el 22 de marzo al 23 de junio, en que se realizaría una elección parlamentaria que le dio a De Gaulle respaldo amplio y mayoritario.

Era época de revueltas. La revolución cubana, pretendía encender la revolución en todo el continente. El comunismo había aplastado la revolución húngara (1956) y se aprestaba a hacer lo mismo con la primavera de Praga (1968), un intento de construir un socialismo “de rostro humano”.

El sueño americano de Martin Luther King, líder de una pacífica revolución por los derechos humanos, era asesinado y cinco años antes había sucumbido, bajo siniestras balas confuso origen, John F. Kennedy,  quien había intentado con la Alianza para el Progreso ofrecer a Latinoamérica otro camino que no fuera la revolución fidelista o golpes de Estado militar.

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Paradójicamente, América Latina vivía esa dialéctica, de modo sangriento, desde el golpe de Brasil, en 1964, al tiempo que alumbraba la mayor eclosión literaria de su historia, encabezada por García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes.

La juventud se encendía con la música pop, la irrupción de los Beatles, los grandes festivales y la liberación sexual generalizada, luego de la difusión de la pastilla anticonceptiva. La Iglesia Católica,  vivía un profundo cambio, con un ala  reformista que nos trajo el Concilio, para abrir espacio a una visión social hasta entonces inesperada.


La oposición a la guerra de Vietnam desbordaba los EE.UU., unificando de algún modo todas las protestas y expresiones de la rebeldía.

La pregunta de la canción resuena. Para empezar digamos que el mundo caminaba hacia la dirección contraria. No marchó al socialismo sino que fue testigo de su fracaso, de la implosión soviética, el único imperio que no fue derrotado por las armas sino por sus propias inequidades. La democracia liberal y el capitalismo habían demostrado su capacidad de adaptación a través de un reformismo vigoroso, estimulado por albores de la revolución tecnológica que hoy domina.

Como escribe Zemmour, los jóvenes de mayo del 68, como todos los latinoamericanos seducidos por el Che, no habían entendido que lo que se vivía era una mutación del régimen capitalista, “que pasaba de un sistema fundado en la producción, la industria y el ahorro, a una economía basada en el consumo, los servicios y la deuda”.

Si miramos con más detenimiento a la sociedad, por debajo de las instituciones democráticas y del aluvión científico, mucho de lo que hoy vivimos estaba naciendo. La familia “burguesa”, despreciada por los revolucionarios, se ha debilitado; pero ya no es lo que era.

El “prohibido prohibir” se instala en una nueva pedagogía, en que los derechos  devoran a los deberes, en un camino peligrosísimo que alimenta la angustia del reclamo constante. Las minorías adquieren no solo visibilidad sino dominio al asumir el monopolio de la sensibilidad social. Estas disputas terminan dándole a la Justicia un valor de arbitraje sobre los órganos del Estado: es el bastión de los derechos humanos, que navega la constante tensión entre sociedades que ejercen libertades impensadas, pero que al mismo tiempo reclaman orden y seguridad, asediadas por droga, crimen organizado y rezagados de la competencia tecnológica.

Esa dicotomía agita con inesperadas consecuencias. Gran Bretaña se va por miedo. Europa ve resurgir corrientes extremistas, por el temor al rechazo a las inmigraciones, terrorismo islámico e inseguridad laboral. En nuestra América, la democracia lentamente se ha ido afirmando, pero aún mantiene llagas como el totalitarismo venezolano. Hubo un momento populista, demagógico, irresponsable, autoritario, restrictivo de las libertades de expresión. Velozmente, va dando paso a gobiernos que entienden el mundo globalizado que vivimos y nos impone una educación  renovadora. Sin embargo, el debate continúa.

Hay algunos cretinos que aún creen que Venezuela y Cuba son democracias; que los tratados de libre comercio son actos imperialistas y no el camino para crecer; que el proteccionismo es una respuesta a la revolución tecnológica, como hoy proclaman, en insólita sintonía, sindicalistas y el desconcertante Trump.

Todavía no asumen que el sueño de 1968 era eso, solo un sueño, que cuando se hizo verdad —como en Cuba— se transformó en pesadilla. Todo parece muy lejos. Pero sus fantasmas aún nos acechan.




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