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Editorial & Opinion

Un Reino sin extinción de dominio

Sherman Calvo / Publicista

Viernes 7, Julio 2017 - 12:00 am

“¡Esto no es justo!” – “¿Y ahora qué hacemos ante tremenda injusticia?” – “En el mundo no hay justicia y nadie nos defiende”. Todos los días escuchamos lamentos como éstos y quizá, también usted se ha quejado así alguna vez. Y esto sucede porque justicia es una palabra que cada día va perdiendo su verdadero valor y significado: “LA JUSTICIA es la virtud que inclina dar a cada uno lo que le corresponde. Lo que debe hacerse según el derecho, la equidad y la razón”. La justicia, entonces, debe velar por el bienestar y la seguridad de nosotros y de los demás, de modo que al observar las leyes, todas las partes seamos beneficiadas de manera imparcial.

Dios es justo y la Biblia nos enseña que uno de sus más notables atributos es su Justicia. Dios siempre hace lo correcto porque Él es bueno y es santo, y porque es santo también es justo. Es decir, que Dios en su bondad y justicia no nos exige hacer lo que no se nos ha enseñado.

Primeramente, mediante la enseñanza de su Palabra, nos muestra el camino por dónde debemos andar, de modo que no tenemos excusa para andar desviados. Dios nos instruye en justicia porque quiere que seamos justos y fieles a sus mandatos.

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Las leyes deben ser justas, pero todos los días vemos cómo se vulneran los derechos de los demás con medidas “legales” pero injustas, como la Ley de Extinción de Dominio que se aplicó a las propiedades del expresidente de la República Francisco Flores, que serán puestas a la orden del Consejo Nacional de Administración de Bienes, iniciado el proceso conforme a la Ley de Extinción de Dominio.

Una ley colombiana calcada acá, con todo y sus defectos, lo cual tiene preocupados a nuestros legisladores, quienes ya estudian reformas a esa ley que en algunos procesos, choca con la presunción de inocencia como derecho fundamental del individuo.

En el caso de la Familia Flores Rodríguez, absolutamente todas las propiedades allanadas, y que siguen perteneciendo a la  familia, fueron heredadas, según declaró la viuda del expresidente, Lourdes Rodríguez de Flores. “Incluso la casa que habitamos desde siempre, fue herencia de mi padre”, dijo la ex primera dama.

Estimada Lourdes, frente a un hecho injusto, debe reconfortarla que usted está trabajando para el Reino de Dios, siendo este servidor un testigo de ello, un Reino que no está sujeto a las leyes del hombre, por lo tanto a ninguna extinción de dominio. Usted está obteniendo una prosperidad espiritual, un crecimiento en santidad, un avance para ganar ese Reino. Mientras tanto, acá en la tierra, puede clamar a Dios desde lo más profundo de su corazón, diciéndole: “Señor, no es justo lo que me han hecho. Te ruego que me ayudes y me muestres lo que debo hacer”.

Cuando clamamos a Dios, con toda la fuerza de la oración, por una causa justa, Él quiere que tomemos parte activa de su respuesta, lo cual puede generarnos más de una incomodidad y riesgo, pero el hombre no puede imponer sus criterios de justicia a la justicia de Dios. En medio de la angustia, víctimas de la injusticia de los hombres podemos alzar nuestros ojos suplicantes al Dios que todo lo puede y que es defensor de las causas justas; por eso oye el clamor de los que confían en Él y puede ordenar las cosas conforme a su justicia.

La demanda de Jesucristo a que vivamos una vida caracterizada por la justicia –según la Palabra de Dios- es de tal importancia que puede llegar a definir nuestro destino final. ¡Dios le bendiga estimado lector!




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