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Editorial & Opinion

Una Centroamérica unida

martes 15, septiembre 2015 - 12:00 am

Un septiembre más emocionante que otros ha llegado al calendario con estallidos de cohetes, flamear de banderolas, manifiestos  patrióticos, desfiles escolares y esfuerzos masivos por mejorar el ambiente político regional. El sentimiento patriótico también hace rememorar el proceso libertario que llevaron a cabo nuestros próceres, el cual tuvo inicio con los acontecimientos del 5 de noviembre de 1811 en San Salvador y culminó, definitivamente, con la Constitución de  las “Provincias Unidas del Centro de América”, el 1 de julio de 1823, en la ciudad de Guatemala, cuya fase primaria fue la Declaración de Independencia Centroamericana del Reino de España, dada el 15 de septiembre de 1821 en esa misma urbe que fuera, por más de tres siglos, la capital de una extensa Capitanía General, que comprendía desde los hoy estados mexicanos de Chiapas y Soconusco al norte del Istmo, hasta Costa Rica en el sur.

Revisando  los libros de historia, encontramos una verdad contundente y que nos duele a muchos centroamericanos: tanto en la Declaración del 15 de septiembre de 1821, como en la Constitución de 1823, nuestros prohombres que lucharon por el ideal de la independencia, lo hicieron con un sentimiento de unidad regional. Para ellos la Patria no era solamente cada una de las provincias de la antigua Capitanía General de Guatemala creada por disposición de la corona española, sino todo el istmo centroamericano, conformado para existir y desarrollarse como una sola nación, envuelta por una misma bandera y regida por una misma Carta Fundamental. El ordenamiento provincial correspondería al gobierno de cada una de las cinco partes, pero sin extralimitar las regulaciones contenidas en la Constitución Federal. Para entonces, Soconusco y Chiapas ya se habían liberado adhiriéndose al Plan de Iguala, formulado por el efímero emperador mexicano Agustín Iturbide, cuyas ambiciones de dominio escribieron un capítulo sangriento para los salvadoreños, que nos opusimos decididos a su bastarda monarquía.

Centroamérica nació y vivió una fugaz unidad nacional. De haberse conservado, seríamos actualmente una república respetable, con más de medio millón de kilómetros cuadrados, ubicada en un punto estratégico y envidiable del globo terrestre, específicamente, del Continente americano. Las causas mismas que motivaron nuestra libertad, se alimentaron tanto de la Revolución Independentista de los Estados Unidos de América, las gestas de los próceres suramericanos (Bolívar, San Martín, Sucre, O´Higgins, etc.), la Revolución Francesa y el movimiento liberal de España.

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Infortunadamente, también surgieron en el Istmo dos corrientes partidarias mezquinas, enemigas acérrimas entre sí, recalcitrantes en mantener sus postulados, reacias para lograr acuerdos conciliatorios o de entendimiento. Los llamados Partido Liberal y Partido Conservador, se constituyeron en fuerzas antagónicas, de lucha enconada, a tal punto que los primeros y únicos Presidentes Federales, generales Manuel José Arce y Francisco Morazán, se vieron envueltos por esa vorágine de partidismo atroz que dio origen al peor fenómeno que sufrimos en Centroamérica: el aparecimiento de oscuros caudillos militares, cuyas soldadescas analfabetas, ebrias y vandálicas, fueron financiadas por el Partido que en esos momentos detentara el gobierno de cada provincia. La antigua fraternidad centroamericana se trocó en cruel enemistad de unos contra otros. Y aun dentro de cada provincia los rencores partidarios asolaban pueblos y villorrios, hasta que cada parcela se declaró República soberana e independiente para convertir a la Patria Grande en cinco países minúsculos, con himnos particulares y banderas diferentes, con excesivas trabas fronterizas. Hubo varios intentos por reconstruir la antigua nación, pero todos fracasaron. Por eso, en Septiembre, es justo renovar el compromiso para con nuestros próceres: procurar una Centroamérica unida, democrática, libre y fuerte, tal como ellos la soñaron.




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