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Editorial & Opinion

Una escuela cierra diez cárceles

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario

sábado 5, mayo 2018 - 12:00 am

El título de esta columna lo he adaptado de un pensamiento del maestro y estadista argentino don Domingo Faustino Sarmiento, que originalmente dice textualmente: “Por cada escuela que se abre, se cierran diez cárceles”, cuyo significado enaltece el fin supremo de la educación que es el logro óptimo de la “hominización” del educando.

Considerar el proceso educativo desde bases simplistas como adquirir aptitudes especiales por medio de conocimientos científicos y técnicos, es reducirlo ingratamente a un sistema de mera capacitación para la vida laboral, útil económicamente dentro del sistema de productividad de un país, pero dejando a un lado la finalidad esencial que es la formación moral y cívica del futuro ciudadano, con apego a normas sociales establecidas y un sano respeto a las instituciones jurídicas que, en conjunto, representan la obra cultural más sublime del ser humano, ya que por medio del orden y la institucionalidad que garanticen el respeto por la aplicación justa del derecho, se modela así una nación donde impere la convivencia pacífica y armónica entre todos sus individuos, sin explotados ni explotadores, sin oprimidos ni opresores.

Crear un sistema educativo integral es y seguirá siendo el ideal de toda la humanidad, desde los albores de la civilización. El Gran Maestro galileo fue quien resumió la esencia de la educación en aquella frase inmortal: “Solo la verdad os hará libres”.

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Un pueblo educado es un pueblo libre no solo de la ignorancia, sino también de servidumbres ideológicas o de artificios políticos para erigir dictaduras crueles, mismas que coartan derechos fundamentales de toda criatura humana, como el derecho a la vida, a su integridad física y moral, a la libertad en todas sus modalidades, a la seguridad, al trabajo, a la propiedad y posesión y otros más que los legisladores constituyentes plasmaron sabiamente en el Art. 2 de nuestra Carta Magna.

Educar no es solo atiborrar al educando, de todos los niveles, con innumerables datos e informaciones que, finalmente no le servirán en absoluto para la vida en sociedad y en familia. El sistema educativo, por ende, se divide en dos grandes categorías, el informal y el formal, pero ambas se encaminan a la consecución del mismo bien supremo: la hominización.


El primero es el que comienza en el hogar y en el medio circundante. Los buenos o malos ejemplos paternales o de los parientes muy cercanos, tarde o temprano imprimirán su huella en la mente y el comportamiento del niño que los observa, o experimenta en carne propia.

De allí la importancia que se formen y actúen “escuelas para padres”, que la comunidad educativa integre padres de familia, con maestros y alumnos. Incluso, deben existir clubes familiares, talleres de orientación psicopedagógica y compartimientos de las familias en algunas actividades educativas y deportivas. Hacer hincapié en el papel de los parientes en dedicar parte de su tiempo a interesarse por el niño en formación escolar, sin dejar para después de la telenovela   el ayudarlo con sus tareas extracurriculares o prestarle atención a sus inquietudes manuales, artísticas o deportivas.

Necesitamos orientar los hogares para dar una buena alimentación nutritiva a los educandos, pero también alimentarlos espiritual y moralmente si deseamos una sociedad respetuosa de sí misma y de los demás, sin exigir ganancias o prebendas por medio de hechos ilícitos o de guerras fratricidas.

La verdad nos hará libres y progresistas. Como dijo un educador mexicano de que “el desarrollo de los pueblos llegará hasta donde llegue su educación”. Y hablar del desarrollo no se refiere únicamente a realizar obras físicas, ampliar carreteras, o tender puentes sobre ríos caudalosos, sino también el desarrollo intelectual, afectivo y moral de las nuevas generaciones. Y todos podemos y debemos ayudar a esa tarea, porque educar no es función exclusiva de un gobierno o un municipio.

Es algo esencial para toda sociedad que desea ver a su país libre no solo de criminalidad y corrupción, sino libre de suciedad en playas, calles y barrancos; respetuosa de su entorno ambiental, conviviendo en paz con los semejantes y dirimiendo sus problemas ante jueces justos o mediadores honestos. Que observe, complacida, que por cada escuela que se abre, ello significa cerrar diez cárceles para siempre.




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